viernes 28 de agosto de 2009

PRIMEROS ESCRITOS SOBRE EL CAMPAMENTO "Dueñás 06.09"

REFLEXIONES DE UNA MONITORA

Está de moda matricularse o inscribir a los hijos a cursos o campamentos de “inmersión en el inglés”. Los organizadores garantizan que durante el tiempo que duren los cursos, únicamente hablarás y escucharás inglés. El éxito de estos campamentos radica en que sus participantes están totalmente expuestos a la lengua inglesa. Por eso cuentan con profesores especializados y pretenden reproducir las mejores condiciones para el aprendizaje del inglés. Son una oferta interesante para aquellas personas que deseen mejorar su inglés sin tener que viajar al extranjero.

Este verano mi marido y yo no hemos querido ser menos y hemos optado por inscribir a nuestros 3 hijos en un campamento de inmersión total… pero no en inglés sino en “la vida misma”. Ha durado una semana, del 24 al 30 de junio. Además, yo he tenido la oportunidad de compartirla con ellos en calidad de monitora: todo un lujo. Para quien no sepa a qué campamento me estoy refiriendo, se trata del que organiza la parroquia madrileña de Santo Domingo de la Calzada con los niños de la Cañada Real.

Han sido siete días muy intensos, en los que la vida cambia de ritmo, las cosas cambian de valor y las palabras de significado. Allí, por ejemplo, el verbo “tener” pierde por completo su acepción de pertenencia material. Sólo se tiene sueño, hambre, ilusión, ganas… pero no se tiene nada en posesión. Allí no tienes que preocuparte de si esto es “tuyo” y esto es “mío”, todo es de todos y, en esta era de consumismo puro y duro, esa es una sensación muy agradable. Los niños de la Cañada se suben al autobús que les lleva al campamento únicamente con la poca ropa que llevan puesta, nada más. Por no llevar, muchos no llevan puestos ni zapatos ni ropa interior. Yo preparé una pequeña mochila con las cosas que suponía que iba a necesitar y la verdad es que… solamente la abrí para sacar el cepillo de dientes. El tiempo allí toma otra dimensión y apenas tienes necesidad ni de ponerte el pijama para dormir. En esos días te entregas a ellos y ellos también se entregan a ti… opera una especie de magia. Hay momentos especiales en los que das y recibes sin parar… te vacías y te llenas al mismo tiempo.

Durante esta semana, mis hijos, (Hugo de 10 años, Unai de 7 y el pequeño Ulises de 5 años que llegó el tercer día y se integró tan bien que se quedó hasta el final) han sido niños de la Cañada. Cuando veo las fotos que hemos hecho, en las que todos van limpios y vestidos, me cuesta trabajo encontrar a mis hijos entre todos los niños, y cuando les descubro me sobrecoge la idea de pensar que perfectamente podrían ser unos de ellos… Como decía al principio, ha sido una semana de “inmersión total en la vida misma”. Una semana en la que sales por completo de la burbuja en la que vivimos para descubrir que a los niños les puede gustar la fruta, la verdura y el pescado, pueden dormir de 5 en 5 sin discutir (teniendo en realidad una cama para cada uno), pueden no saber nadar aunque tengan 14 años, pueden jugar durante horas sin darse cuenta de que están descalzos, pueden no haber visto nunca una película de Disney y no tienen ni remota idea de que un porche puede ser, además de una marca de coches, la parte de una casa… ¡las chabolas del Gallinero no tienen porche, ni terraza ni nada que se le parezca!.

Durante 7 días mis hijos han jugado con los niños de la Cañada, se han bañado con ellos, han comido con ellos, han discutido y se han reído como ellos… pero con una gran diferencia… al finalizar las colonias han regresado a una casa confortable y no a las chabolas del “Galinero”; y así han podido seguir yendo a la piscina, han seguido haciendo por la mañana los cuadernos de Vacaciones, dibujando, leyendo, han comido sentados alrededor de una mesa con un primero, un segundo y un postre… han seguido discutiendo por “SUS” cosas… ¡Qué importante es para la educación de un niño el tener una vivienda digna!. Sé que esos otros niños tendrán que ir a por agua, bañarse de vez en cuando en un barreño,, comer en el suelo, jugar entre cascotes de obra… ¿cuándo lograremos que el Ayuntamiento de Madrid respete la Declaracion de los Derechos del Niño que dice que estos niños tienen derecho a tener oportunidades para que puedan desarrollarse física, mental, moral, espiritual y socialmente en forma saludable y normal, así como en condiciones de libertad y dignidad” ( Art. 1)? ¿ y el derecho a disfrutar de alimentación, vivienda, recreo y servicios médicos adecuados.(Art.4)? ¿Cuándo va a querer reconocer que “el niño debe disfrutar plenamente de juegos y recreaciones, los cuales deben estar orientados hacia los fines perseguidos por la educación; la sociedad y las autoridades públicas se esforzarán por promover el goce de este derecho.( Art 7)?

El campamento de la Cañada es especial. Especial en todos los aspectos. Comenzando porque en general, en cualquier actividad organizada primero se preparan todos y cada uno de los detalles y finalmente se “buscan a los clientes”… aquí no. Los niños y niñas están ahí desde el principio, dispuestos y ansiosos por disfrutar de una semana única en todo el año, posiblemente irrepetible en toda su vida, ellos son LOS IMPRESCINDIBLES, porque sin ellos no habría colonias. Lo demás va llegando por añadidura: los monitores, el albergue, la comida, la ropa… todo sin lo cual, en otras circunstancias no sería posible comenzar a “organizar” un campamento. Por eso, una vez que estás allí todo sigue siendo especial. Todo es una fiesta, porque todo es una novedad…las actividades rutinarias son para ellos un momento de diversión: cepillarse los dientes, ponerse ropa limpia, echarse colonia y crema hidratante, comer sandía…

Si las actividades rutinarias son una fiesta, imaginaros las actividades “especiales”: ir a la piscina, aprender a nadar, saltar a “bomba”, hacer pompas de jabón, participar en una piñata, hacer pulseras y collares con abalorios, fabricar caretas, ver películas de cine, jugar al pañuelo y ¡¡¡¡ comer perritos calientes con mucho kepchup¡¡¡

En mi grupo, que compartía con Serena, una monitora camboyana que acababa de terminar la ESO, había 4 niñas y 3 niños. Ninguno tenía más de 8 años… eran todos adorables y cariñosos, muy cariñosos. ¡Qué bien se trabajaba con ellos! Daba gusto comprobar cómo en grupos reducidos, interiorizaban las dinámicas del juego y las disfrutaban. Hemos jugado con plastilina, hemos jugado al dominó de animales, hemos hecho puzzles, cadenetas de charol para decorar la fiesta, leído cuentos clásicos, jugado a la oca, coloreado, cantado canciones… en cuanto les organizabas una actividad, se enganchaban y te hacían disfrutar como un enano. Les gustaba ayudar. Y obedecer. El primer día explicamos las normas para comer en la mesa. Las aceptaron, respetaron y ellos mismos se corregían unos a otros para contentarnos a los monitores. “Saca la mano, que a las profes les gusta que las dos estén encima de la mesa”. “Empuja con pan, que a las profes no les gusta que empujes con la mano….” Aunque todavía eran pequeños, lamentablemente ya se notaba una gran diferencia entre los que iban al colegio y los que no estaban escolarizados… mientras que unos ya sabían escribir otros apenas ponían su nombre…

Si, los niños de la Cañada saben ser educados, limpios y civilizados… también saben no serlo, claro, como cualquier niño… el “truco” radica en tener a alguien a su lado que se moleste en enseñarles cómo serlo: hacer la fila, guardar el turno, decir gracias y por favor, pedir perdón, tirar la basura a la papelera y recoger los papeles que se han tirado al suelo… todas estas cosas saben hacerlas cuando se les explica que son necesarias hacerlas y comprueban que hay alguien (los monitores) a quien les importa que lo hagan. A los niños de la Cañada les gusta agradar y les que alaben lo bien que lo hacen. ¡A quién no!

Una semana sabe a poco… aunque la verdad es que eso lo pienso ahora que ya he descansado, dormido y veo las cosas de otra forma. Porque una semana cansa mucho. A las 10 de la noche notas como estás sin energía… y entonces, cuando te preparas para mandarles a la cama, te preguntan: ¿podemos ir a la “pistina”? ¡Ellos irían encantados¡¡¡¡cualquier hora es buena para ir a la “pistina”¡¡¡

Hace más de un mes que regresé del campamento y todavía alguna noche sueño con ellos. Todos son especiales pero hay algunos niños que se te “meten en el alma”. Que te inspiran una ternura especial… que no logras quitártelos de la cabeza y no dejas de preguntarte porqué no pueden ellos tener las mismas oportunidades que tenemos nosotros…

Me siento afortunada de haber vivido esta experiencia y de que el resto de mi familia la haya compartido conmigo. Ha sido estupendo sentir que estaban allí. Ninguno estaba en mi grupo pero me gustaba saber que estaban en algún lugar de todo el campamento… Incluso cuando mi marido fue el fin de semana, apenas tuve tiempo de estar con él, comió con otro grupo, ayudó a otros niños, disfrutó de otras actividades, pero estaba allí… De esta forma hemos vuelto todos con el mismo espíritu, con la misma alegría y la misma tristeza. Con la misma ilusión y la misma impotencia… Así todos nos comprendemos. Todos sabemos lo que sienten los otros… porque lo hemos vivido juntos.

Espero que no perdamos los valores que hemos aprendido durante esta semana “de inmersión total”. Espero que esta semana sea el preludio de muchas otras más. Porque me gusta pensar que OTRO MUNDO ES POSIBLE.
Guadarrama 3 Agosto de 2009 Elsa



CAMPAMENTO DE LA CAÑADA 24/6/O9

Fuimos una semana a un campamento con los niños de la Cañada. Al principio, cuando llegamos con Oussenio, los monitores que habían llegado el día anterior estaban preparando todo: montando las canastas, colocando la ropa, subiendo la comida... Unai y yo ayudamos un poco y nos fuimos a jugar con Roberto el único niño que había llegado ya. Cuando se acabó de colocar todo nos dimos un baño en la piscina. Un rato después llegaron los autobuses con todos los niños de la Cañada. Nada más bajarse se pusieron a comer unos frutos rojos y amargos que había en los árboles del jardín. Cuando hubo calma hicieron los grupos. A mí me tocó con: Pilara, Adelina, Sebastián, Bratian, Costel, Sansun. Y de profes a Lucas y Álex. Nos dimos todos un baño y subimos a comer.

Durante la semana hubo comida muy rica, gracias a los cocineros: Pepe y Magdalena. Siempre fue el mismo horario: desayuno, apoyo, piscina, comida, taller, piscina, cena, fiesta y luego a dormir. Siempre después de comer había un rato de cine.

Un día fuimos a unas piscinas, donde pasamos el día. Yo me lo pasé muy bien. Lo único fue que a un niño que siempre me estaba pegando, insultándome, quitandome la gorra... le tuve que poner firme y decirle quien mandaba aquí. El viernes vinieron mi padre y Ulises. Mi familia y yo nos fuimos un día antes de que se acabara el campamento porque mamá tenía que empezar a trabajar.

Me lo pasé muy bien. HUGO

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